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¿Cómo me ven mis hijas?

En los meses de verano, pude leer en un par de blogs varias preguntas para realizar a nuestros hijos, para saber como ellos mismos nos ven a nosotras, sus madres. Se trata de un juego bastante divertido y con algunas respuestas un tanto peculiares. Intenté que ambas Genovevas lo hicieran, pero la petite es muy suya, y al escuchar las respuestas de su hermana, pretendía contestar lo mismo. O decir no sé.

ven mis hijas

Tuve que hacer las preguntas a cada una, por separado, aún así, nos lo pasamos muy bien. Y por supuesto, luego hubo algunas preguntas que hicimos en sentido inverso, es decir, a ver si yo las conocía a ellas, o si entre ellas, se conocen. Y a esto último, tengo que decir, que la petite conoce a su hermana, casi, casi, más que yo.Tus hijos olvidarán tus palabras y tus acciones, pero nunca como los hiciste sentir.– piopialo 

Preguntas-juego ¿Cómo me ven mis hijas?

  1. ¿Qué me hace feliz?
    L’aînée contestó “que tengas la luna”. Y es que cuando ellas me piden algo con insistencia, les digo que no pueden tenerlo todo, que si así fuera, a mi me gustaría tener la luna.
  2. ¿Qué me gusta hacer?
    La petite fue rauda en contestar que leer. A ver si le estoy metiendo mucha presión con eso de leer…
  3. ¿Qué es lo que menos me gusta hacer?
    Limpiar fue la rápida respuesta de l’aînée, y pintar fue la de la petite. Que si bien coloreo cuando tengo un cuaderno a mano, no es de mis cosas favoritas. Nuevamente, punto de buena observadora para la petite.
  4. ¿Qué hago cuando vosotras estáis en el colegio?
    Ambas contestaron que trabajar, l’aînée profundizó que en el colegio francés, mi segundo trabajo, y la petite que con ordenadores.
  5. ¿Cuál es mi juego favorito?
    L’aînée sabe que los puzzles son mi debilidad, tanto los tradicionales, como los que hacemos con la tablet. La petite volvió a decir que los libros. Así que mi duda anterior se disipa, ya que ve que la lectura es también un juego.
  6. ¿A qué país me gustaría viajar?
    L’aînée contestó que Francia, y es que la sangre tira mucho hacia mi segundo país. Aunque le contesté que me encanta toda Europa, y que me gustaría mucho, muchísimo viajar a Canadá. (a la parte francesa, claro)
  7. ¿Por qué estás orgullosa de mí?
    L’aînée respondió que porque soy su madre. Me ha gustado mucho esa respuesta, nena.
  8. ¿Qué te digo todos los días?
    Aquí tuvieron sus dudas… Lavarse los dientes es una de las cosas que más tengo que repetir a lo largo del día, porque en casa no sólo nos lavamos los dientes tras las comidas, sino también antes de salir de casa. Y luego – reconozco que las ayudé- la expresión de “bajad la voz“, que les digo cuando ellas juegan y yo intento descansar, o leer.

No te preocupes si tus hijos no te escuchan: te observan todo el día. -Madre Teresa de Calcuta-

  • ¿Nos parecemos?
    L’aînée me dijo que no, en nada. La petite me preguntó que significaba primero eso de parecerse, y luego me dijo que sí, en los ojos, en las cejas, en la frente… Yo esperaba una respuesta menos física y más de carácter. En esa misma pregunta, les dije que sí nos parecíamos, a la petite con el carácter, y a l’aînée en el comportamiento.
  • ¿En qué somos diferentes?
    A una pregunta positiva, una contraria. L’aînée me dijo que en los dientes. y su hermana en las pecas. Una buena observación, pero tanto la petite como yo tenemos pecas, la única que no tiene es la mayor.
  • ¿Qué es lo que mejor sé hacer?
    Mi hija mayor contestó que leer, pero al ver mi cara -ya habían hablado mucho de mi pasión por la lectura-, cambió la respuesta por “sabes hacer de todo”. Y sí, esa contestación me ha gustado más. Aunque no sepa hacer de todo, ante ellas, sí.
  • ¿Qué es lo que no sé hacer?
    La petite me sorprendió diciendo que no sé hacer malabares. Que aunque es cierto, ejem, no sabía yo que esta pequeñaja supiera ni siquiera de esa palabra. ¿Qué estaría pensando para decir eso?
  • ¿Cuándo me enfado?
    Esta pregunta no es nada fácil de contestar, aún así, la mayor dijo que cuando ellas no me hacen caso, y la pequeña, dijo que algunas veces. Pero entienden que cualquiera pueda enfadarse en algún momento, porque estemos cansadas, tristes, nos sintamos mal con alguien o con algo… Es un tema al que recurrimos mucho para explicar algunas contestaciones, gestos o actos del día a día.
  • ¿Qué me gusta hacer cuando estamos juntas?
    La petite me dijo que jugar y leer, y l’aînée las manualidades. Me hizo sentir un poco mal estas respuestas, porque este mes, que ellas están de vacaciones, y yo no, apenas he hecho estas cosas con ellas.
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150 palabras: Inventora

La pequeña Laura se dormía con facilidad en clase. Mientras la profesora explicaba no sé qué de hipotenusas y teoremas, ella, sin cerrar los ojos, soñaba con elefantes y duendes.
Desprendía luz en su cara. Pero los niños se reían de ella.

Laura se duerme. Laura no escucha.

Las etiquetas no le gustaban, pero no podía remediar escuchar lo que decían. Esas palabras se colaban entre sus ensoñaciones, como pequeñas gotas de lluvia, que borraban sus sueños, como los cuadros de Bert.

La profesora intentaba callar a sus niños, dejadla soñar, les decía. Pero los niños, seguían con su retahíla, un día sí y otro también.

Tú, un microrrelato en #150palabras

Años más tarde, Laura seguía soñando, pero haciendo realidad todo aquello que soñaba.

La pequeña Laura es inventora. Inventó el libro de olores. Inventó una almohada de colores para alejar las pesadillas. Inventó tantas cosas, que sus compañeros estaban orgullosos de haberla tenido como amiga.

¿Qué es #150palabras?

150 palabras es una entrega dominical, creada por Marta, (DiarioDeAlgoEspecial) de una micro-historia o microrrelato. Así podemos dar rienda suelta a nuestra creatividad, y podemos enfocarla hacia los niños, si queremos

En su origen, se indicaban 3 palabras con las que había que formar la historia. Ahora basta con que el cuento tenga sólo 150 palabras.

Si deseas participar, deja un comentario bajo esta entrada para ir a leerte, y/o enlaza tu microrrelato en las redes con #150palabras.

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Hoy leemos: La promesa

El álbum ilustrado La promesa, caracterizado por su belleza y enfocado para ser reflejo de esa esperanza en el poder que tenemos para transformar nuestro mundo, ha sido distinguido en la Feria del libro infantil de Bolonia, referente de excelencia para el género en todo el mundo. La cita internacional ha reconocido al libro publicado el pasado año por la editorial cántabra Milrazones, de Jesús Ortiz, entre decenas de miles de títulos.

La relación con la naturaleza como vínculo esencial para todo ser humano vertebra esta historia, un descubrimiento mágico que apela a la imaginación del lector.

Su autora Nicola Davies evoca una poderosa visión de «un mundo donde la gente y la naturaleza viven en armonía». Y las ilustraciones de Laura Carlin retratan el viaje de una joven ladrona en «un entorno duro a la belleza y la vitalidad de un mundo cambiado», según ha resaltado la crítica.

Reseña editorial:

Una atacante intenta arrebatarle el bolso a una vieja, pero esta lo evita reteniéndolo con fuerza. No se lo dejará quitar hasta arrancarle una misteriosa promesa a la ladrona: «ha de sembrarlas todas». Cuando se aleja con su botín, la anciana sonríe.

Se trata de un álbum ilustrado de gran belleza y esperanza en el poder que tenemos para transformar nuestro mundo. Inspirada en la creencia de que una relación con la naturaleza es esencial para todo ser humano, y que ahora, más que nunca, tenemos que renovar esa relación.

La promesa es la historia de un descubrimiento mágico que tocará el corazón y la imaginación del lector, joven o mayor. Con una sencillez y lirismo conmovedores, Nicola Davies evoca una poderosa visión de un mundo donde la gente y la naturaleza viven en armonía. Las delicadas ilustraciones de Laura Carlin retratan el viaje de una joven ladrona en un entorno duro a la belleza y la vitalidad de un mundo cambiado. Es una historia con un notable mensaje “verde”.

Reseña de La promesa

Esperaba con ganas esta historia. No me llamaba tanto la atención la cubierta como la historia en sí. Y sí, una bella ilustración en la portada anima mucho a interesarse por el libro. No es que la imagen de la portada sea mala, al revés, pero es gris, triste, como la historia que se desprende antes de conocer la promesa. Me recordó en un primer momento a los hombres grises de Michael Ende en Momo, el tiempo, el no interesarse más que por uno mismo. Pero la promesa, que sale de un mal acto, devuelve un poco de esperanza a la humanidad.

La promesa es una especie de trato, un pacto entre la ladronzuela y la señora. Esta última “se deja” robar el bolso a cambio de esa promesa. ¿Qué haríais vosotros en una situación semejante? ¿Y al descubrir el interior del bolso?

Es un libro que nos llena de magia en los minutos en los que estamos enfrascados en su lectura. Nos anima a pensar en buenos actos, en que las metas, las grandes metas, no son aquellas que se cumplen a corto plazo, sino a largo plazo. Y no son solamente disfrutables para quien las cumple, sino que muchas personas, gente de nuestro entorno, pueden gozar de ellas.

Un libro muy recomendable. Palabra de maestra.

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El aprendiz

En la Ciudad del Viento existen muchos personajes. Todos tienen algo en común. Sobre todo los personajes reales, los de carne y hueso, los visibles. Pero también los personajes irreales, los que provienen del viento, los que no son visibles, a no ser que los escuches…

Uno de los personajes que se encuentran en la Ciudad del Viento es el Aprendiz. Es una persona real. Podrías ser tú. O tú. Y sí, al contrario que en otras lecturas, este personaje si corresponde con una persona del mundo real. Tal vez te reconozcas. O te gustaría ser como él. En cualquier caso, ponte cómodo, que te lo voy a presentar.

Se conocieron hace mucho tiempo, hace más de cinco años, hace más de diez años… Primeramente fue de manera virtual. Y un año más tarde, en verano de 2005, se encontraron en una estación de trenes. ¿Qué mejor lugar para un encuentro entre el Aprendiz y Ella?

Tenían gustos comunes, pero lo que realmente les unió fue la escritura. Él escribía para desahogarse. Ella escribía para crear. Y ambos mundos se encontraron.

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La historia de la letra H

Hace mucho tiempo, las letras vivían juntas en una ciudad. Un buen día, la letra H se fue de excursión al bosque.
Iba paseando, buscando champiñones, y jugando con las luces que se reflejaban de árbol en árbol. Y entonces, las primeras gotas de lluvia le cayeron encima.
Lo malo es que fue una gran tormenta, y aunque la letra H trató de encontrar un sitio seco, no lo encontró, y se mojó toda.

A las pocas horas, la letra H estaba ya muy malita, le dolía la garganta y los oídos, y como ya había dejado de llover, se fue al hospital.

¿Y quién le atendió?

Sí, la letra E, que era la enfermera de coletas más bonita de todo el hospital. La letra E trató de curar a la letra H, pero se había mojado tanto, que perdió la voz. Y nuestra pobre la letra H ya no pudo ni hablar ni oír. Era una letra sordomuda.

Tan triste se puso, que el rey -la letra U- fue a verla y le dijo que él lo arreglaba todo, que la pondría delante de muchas palabras para darle importancia, y aunque no se escuchara ni se dijera, la letra H estaría primera.
También le dijo que le pondría, algunas veces, en medio de las palabras, para que las demás letras no se pusieran celosas.

Y así, las palabras como “hospital”, “huevo” y “harina”, tienen la letra H delante, y palabras como “cohete” la tienen en medio. No se pronuncian, cuando hablamos, no las escuchamos, cuando las decimos, pero están ahí.

No hace falta decir que la letra H se puso muy contenta.

Y otro día… La historia de la CH. Porque la letra H también necesita compañía.

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La familia de Circius*

Circius era el dios del viento del noroeste (a veces del norte), que soplaba de las costas del Mediterráneo hacia el mar. Se trata de un viento frío, seco y violento, que alcanza corrientemente los 100 km/h y llega a pasar de los 200 km/h. Su mejor amigo, Céfiro, el dios del viento del oeste era el más suave de todos y se le conocía como el viento fructificador, mensajero de la primavera. Por ello, ambos se unían en primavera y otoño para crear y ayudar a las plantas y árboles en esos meses tan duros de renovación.

Además Circius era uno de los vientos más bromistas de toda la región. Le gustaba destacar frente a los demás, era muy observador y enseguida sacaba conclusiones acertadas de lo que veía o hacía. Comenzó a ser así tras instalarse cerca de la Ciudad del Viento. Su padre, Coro no había visto con buenos ojos su mudanza. Coro era el dios-viento del noroeste. Por ser un viento frío y seco, se le asociaba directamente con el inicio del invierno. Era un hombre alado, viejo y barbudo, con el cabello desordenado, completamente vestido en túnica, y calzando coturnos, llevando entre sus brazos una vasija de bronce de la cual esparce ardientes cenizas. Su hijo Circius, decidió que él prefería dar en vez de quitar, y aunque no le permitieron ser un viento más suave, su unión con Céfiro y su comprensión hacia las plantas, lo hicieron ser un dios a tener en cuenta.

Cuando tuvo a sus hijos, fruto de su unión con otro viento menor, decidió llamarlos como esos instrumentos de viento que veía utilizar a las personas en la Ciudad del Viento. Así Fagot, Ocarina y Tuba fueron los pequeños que comenzaron a ocupar la casa de Circius. Y por supuesto, Celine. La niñera de éstos.

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Tiempo de viento

Tenía treinta minutos por delante, antes de sentirse con las fuerzas necesarias para volver a subir a la casa. Tiempo suficiente. En la calle, el viento despeinaba las desafiantes señoras, que se empeñaban en caminar rectas, charlando sobre el café con leche y croissant, que justo acababan de tomarse, recordando los octubres de viento de años atrás.

Los jóvenes apresuraban sus pasos, para ir al encuentro de amigos y parejas, tras un día de cafés y risas, en las cafeterías de las distintas facultades; buscan citas y conciertos para las próximas fiestas. Los ejecutivos, con sus maletines de piel, comienzan a salir de las empresas, subiéndose a coches caros, y abrillantados. A uno se le vuela un sombrero, que se para unos metros más allá, al enredarse con las ruedas de un carrito de bebé.

Se adelanta hasta la cafetería de la esquina. La han abierto hace poco, y al menos, desde fuera, parece acogedora. Desde la mesa de la esquina, podrá ver cuando llega su padre, y subir con él a casa.

Pide algo caliente para tomar. Un café le quitará el sueño, y precisamente, esa noche, no quiere faltar a su cita con Morfeo; de todos modos, necesita espabilarse un poco ahora, y dejar correr sus pensamientos, que salen en desbandada, una vez sentada.

Mira su teléfono móvil. No hay llamadas, no hay mensajes. Coge su libro en francés, y tras leer la contraportada, decide comenzar a leer. No era eso lo que tenía previsto. De hecho, hace días, que ha aprendido a no esperar nada. Ni siquiera de ella misma. Deja los pensamientos para esa noche, con su almohada, o para el paseo de vuelta. El viento le ayudará, tal vez, a ver las cosas de otra manera. O tal vez no.

Se sonríe. Hace unos meses, no hubiera entrado en ninguna cafetería sola, y mucho menos, hubiera esperado dentro de ninguna parte, con un libro en francés. En esa ciudad, mostrarse diferente, era un símbolo insólito. Pero… Qué más daba. Era su momento. Su cambio. El tiempo de viento que necesitaba.

Abrió el libro, y comenzó a leer la primera historia.