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El aprendiz

En la Ciudad del Viento existen muchos personajes. Todos tienen algo en común. Sobre todo los personajes reales, los de carne y hueso, los visibles. Pero también los personajes irreales, los que provienen del viento, los que no son visibles, a no ser que los escuches…

Uno de los personajes que se encuentran en la Ciudad del Viento es el Aprendiz. Es una persona real. Podrías ser tú. O tú. Y sí, al contrario que en otras lecturas, este personaje si corresponde con una persona del mundo real. Tal vez te reconozcas. O te gustaría ser como él. En cualquier caso, ponte cómodo, que te lo voy a presentar.

Se conocieron hace mucho tiempo, hace más de cinco años, hace más de diez años… Primeramente fue de manera virtual. Y un año más tarde, en verano de 2005, se encontraron en una estación de trenes. ¿Qué mejor lugar para un encuentro entre el Aprendiz y Ella?

Tenían gustos comunes, pero lo que realmente les unió fue la escritura. Él escribía para desahogarse. Ella escribía para crear. Y ambos mundos se encontraron.

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La historia de la letra H

Hace mucho tiempo, las letras vivían juntas en una ciudad. Un buen día, la letra H se fue de excursión al bosque.
Iba paseando, buscando champiñones, y jugando con las luces que se reflejaban de árbol en árbol. Y entonces, las primeras gotas de lluvia le cayeron encima.
Lo malo es que fue una gran tormenta, y aunque la letra H trató de encontrar un sitio seco, no lo encontró, y se mojó toda.

A las pocas horas, la letra H estaba ya muy malita, le dolía la garganta y los oídos, y como ya había dejado de llover, se fue al hospital.

¿Y quién le atendió?

Sí, la letra E, que era la enfermera de coletas más bonita de todo el hospital. La letra E trató de curar a la letra H, pero se había mojado tanto, que perdió la voz. Y nuestra pobre la letra H ya no pudo ni hablar ni oír. Era una letra sordomuda.

Tan triste se puso, que el rey -la letra U- fue a verla y le dijo que él lo arreglaba todo, que la pondría delante de muchas palabras para darle importancia, y aunque no se escuchara ni se dijera, la letra H estaría primera.
También le dijo que le pondría, algunas veces, en medio de las palabras, para que las demás letras no se pusieran celosas.

Y así, las palabras como “hospital”, “huevo” y “harina”, tienen la letra H delante, y palabras como “cohete” la tienen en medio. No se pronuncian, cuando hablamos, no las escuchamos, cuando las decimos, pero están ahí.

No hace falta decir que la letra H se puso muy contenta.

Y otro día… La historia de la CH. Porque la letra H también necesita compañía.

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La familia de Circius*

Circius era el dios del viento del noroeste (a veces del norte), que soplaba de las costas del Mediterráneo hacia el mar. Se trata de un viento frío, seco y violento, que alcanza corrientemente los 100 km/h y llega a pasar de los 200 km/h. Su mejor amigo, Céfiro, el dios del viento del oeste era el más suave de todos y se le conocía como el viento fructificador, mensajero de la primavera. Por ello, ambos se unían en primavera y otoño para crear y ayudar a las plantas y árboles en esos meses tan duros de renovación.

Además Circius era uno de los vientos más bromistas de toda la región. Le gustaba destacar frente a los demás, era muy observador y enseguida sacaba conclusiones acertadas de lo que veía o hacía. Comenzó a ser así tras instalarse cerca de la Ciudad del Viento. Su padre, Coro no había visto con buenos ojos su mudanza. Coro era el dios-viento del noroeste. Por ser un viento frío y seco, se le asociaba directamente con el inicio del invierno. Era un hombre alado, viejo y barbudo, con el cabello desordenado, completamente vestido en túnica, y calzando coturnos, llevando entre sus brazos una vasija de bronce de la cual esparce ardientes cenizas. Su hijo Circius, decidió que él prefería dar en vez de quitar, y aunque no le permitieron ser un viento más suave, su unión con Céfiro y su comprensión hacia las plantas, lo hicieron ser un dios a tener en cuenta.

Cuando tuvo a sus hijos, fruto de su unión con otro viento menor, decidió llamarlos como esos instrumentos de viento que veía utilizar a las personas en la Ciudad del Viento. Así Fagot, Ocarina y Tuba fueron los pequeños que comenzaron a ocupar la casa de Circius. Y por supuesto, Celine. La niñera de éstos.

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Tiempo de viento

Tenía treinta minutos por delante, antes de sentirse con las fuerzas necesarias para volver a subir a la casa. Tiempo suficiente. En la calle, el viento despeinaba las desafiantes señoras, que se empeñaban en caminar rectas, charlando sobre el café con leche y croissant, que justo acababan de tomarse, recordando los octubres de viento de años atrás.

Los jóvenes apresuraban sus pasos, para ir al encuentro de amigos y parejas, tras un día de cafés y risas, en las cafeterías de las distintas facultades; buscan citas y conciertos para las próximas fiestas. Los ejecutivos, con sus maletines de piel, comienzan a salir de las empresas, subiéndose a coches caros, y abrillantados. A uno se le vuela un sombrero, que se para unos metros más allá, al enredarse con las ruedas de un carrito de bebé.

Se adelanta hasta la cafetería de la esquina. La han abierto hace poco, y al menos, desde fuera, parece acogedora. Desde la mesa de la esquina, podrá ver cuando llega su padre, y subir con él a casa.

Pide algo caliente para tomar. Un café le quitará el sueño, y precisamente, esa noche, no quiere faltar a su cita con Morfeo; de todos modos, necesita espabilarse un poco ahora, y dejar correr sus pensamientos, que salen en desbandada, una vez sentada.

Mira su teléfono móvil. No hay llamadas, no hay mensajes. Coge su libro en francés, y tras leer la contraportada, decide comenzar a leer. No era eso lo que tenía previsto. De hecho, hace días, que ha aprendido a no esperar nada. Ni siquiera de ella misma. Deja los pensamientos para esa noche, con su almohada, o para el paseo de vuelta. El viento le ayudará, tal vez, a ver las cosas de otra manera. O tal vez no.

Se sonríe. Hace unos meses, no hubiera entrado en ninguna cafetería sola, y mucho menos, hubiera esperado dentro de ninguna parte, con un libro en francés. En esa ciudad, mostrarse diferente, era un símbolo insólito. Pero… Qué más daba. Era su momento. Su cambio. El tiempo de viento que necesitaba.

Abrió el libro, y comenzó a leer la primera historia.